7 claves para superar la Era del Coyote

Publicado en https://regiamag.com/era-del-coyote/

Para mis mentores de espiritualidad nativo americana lo que sucede en el mundo de hoy tiene una explicación muy sencilla: estamos transitando la Era del Coyote.

El coyote es ese animal que conocemos por perseguir al correcaminos sin descanso, utilizando una serie de artilugios y trampas ACME en las que finalmente cae él mismo. En la literatura antropológica este arquetipo es habitual. Es lo que se conoce como trickster, el burlador burlado.

Aquí en Sudamérica lo encontramos en mitos y leyendas como la zorra, y los africanos tienen su propia versión: el chacal.

El trickster tiene una cualidad didáctica: nos muestra esos aspectos de nosotros mismos que habitualmente no vemos, disfrazado en forma de animal, oculto tras una entretenida historia. Pero en el fondo, las enseñanzas que nos trae son profundas y reveladoras.

El coyote cae siempre en las trampas que el mismo puso. Vivir en la Era del Coyote implica que estamos –como Humanidad- pisando las bombas enterradas que nosotros mismos dejamos ahí.

LAS TRAMPAS QUE NOS PUSIMOS

– La tecnología que desarrollamos hasta lo subatómico para hacer nuestra vida más cómoda está matando la única fuente de vida que tenemos: la Tierra.

– Las ciudades y el sedentarismo, inventos que estaban diseñados para darnos seguridad, nos conducen a la muerte en un día cualquiera, en la esquina de nuestro barrio, si no nos mata antes el estress o la soledad.

– Los objetos que hemos creado para nuestro placer nos atan a un carrusel de deudas, adquiridas para pagar lo que aún no hemos comprado- y como si eso fuera poco- cuanto más tenemos, mas sentimos que algo fundamental nos está faltando. Algo que ni siquiera sabemos que es.

– Los medios de comunicación, que llevamos al clímax de abundancia de información para colmar nuestra aspiración de saber, terminan siendo volquetes de fake news y escraches malintencionados, al punto de que ya nadie cree en nada ni en nadie.

– Los sistemas que inventamos para que organicen nuestra vida (gobiernos, instituciones, leyes), nos han enredado en un laberinto absurdo donde el más obediente puede perder todo lo que tiene. Nos dicen “tú decides” y nos dan un papel para meter en una caja, pero la decisión está bien lejos de ser “nuestra”. Los gobernantes juegan a ser buenos vs. malos, mientras brindan juntos, en copas ensangrentadas, el triunfo de un año más sin estallido social.

Mientras tanto, experimentamos una larga tristeza en el alma y la vaga sensación de ser ajenos a todo esto.

ENTONCES, ¿QUÉ HACEMOS?

La Era del Coyote no es un castigo, ni una arbitrariedad: es la madre de la oportunidad.

Si el Coyote del dibujito pudiera detenerse por un instante y preguntarse ¿Por qué confío mi subsistencia a estas máquinas que están provocándome tanto dolor?, ¿Por qué no procuro mi alimento de otras maneras, como lo hicieron mis ancestros coyote que me precedieron? El coyote de la caricatura está siempre solo, ¿será que el aprendizaje es a reunirnos con los demás, y sentarnos a reconocer nuestros errores y buscar formas más saludables de vivir?

¿Será que tenemos que dejar de ver en el correcaminos a nuestro enemigo y el causante de nuestras penurias y darnos cuenta de que solo nosotros somos los responsables de nuestro destino?

Existen algunos cambios que podemos hacer, algunas alternativas por las que podemos optar. El impacto necesario siempre es en lo colectivo, pero el impulso inicial lo podemos dar cada uno de nosotros, desde su parcela de existencia:

 Elegir ser auténticamente nosotros mismos. Dejar de inventar excusas para expresar nuestra verdad. Priorizar el ser sobre el tener y lograr. Detenernos a admirar el paisaje.

– Reconocer el poder en nosotros mismos. Porque aquí nadie vendrá a salvarnos desde afuera y el tiempo de “el que no llora es un gil”, ya prescribió. Habrá que revisar las propias creencias y estar atentos a cuanto poder renunciamos cuando dejamos que otros hagan por nosotros.

– Reemplazar las revelaciones con experiencia personal. Re-aprender a escuchar la voz de la propia sabiduría, entrenando las capacidades chamánicas que cada uno de nosotros ya trae, esto es: ver con nuestros propios ojos y decidir con nuestro propio criterio.

– Expresar plenamente lo humano. Buscando la definición de lo humano en nuestro propio corazón, donde siempre estuvo y no en los libros que nos quieren explicar quiénes somos y cómo comportarnos para ser considerados “normales”.

– Regresar al Hogar Madre Naturaleza, de la que nos fuimos alguna vez. Cultivar nuestros alimentos. Amigarnos con las criaturas de muchas patas. Celebrar bajo la luz de la luna que podemos bailar, cantar y viajar en los sueños.

– Aceptar que el mundo tal como lo imaginaron los próceres de la Revolución Industrial no funcionó. Lo siento por las molestias, amigos, pero los recursos naturales no son infinitos y estar atados a un empleo que nos destruye el alma solo para pagar la tarjeta de crédito no es la vida digna que nos merecemos.

– Tomar el comando de nuestra capacidad de crear, haciendo oídos sordos a los que nos dicen que es mejor renunciar al sueño que desilusionarnos con el resultado. No saben, quizás, o no quieren que sepamos, que lograr el sueño no es tan importante como lo que vamos cultivando en nosotros al intentar lograrlos. De allí, de ese autodescubrimiento monumental vienen todas las obras maestras, y las medicinas, y los descubrimientos sublimes. En cambio, de renunciar a los sueños y a los propios talentos solo viene una triste resignación y la aceptación de los caramelos de colores que nos da el sistema para saciar nuestra insatisfacción.

Nos contaron muchas mentiras, pero la mas destructiva de todas es la de que no se puede vivir de otra manera.

La Era del Coyote termina siendo el momento sanador que estábamos necesitando. Nos sitúa en el centro de la disyuntiva y –como siempre- cada uno de nosotros puede decidir lo que quiera: animarse a hacer las cosas desde el instinto del corazón o seguir aceptando morir aplastados por los yunques, que tan prolijamente han colocado los dueños del mundo sobre nuestras cabezas.

Abrazar a un árbol ya no es un asunto new age

En 2012, durante un viaje a Sudáfrica, el guía nativo me tiró un dato asombroso: básicamente, me dijo que las jirafas entienden cuando los arboles ya no quieren que les coman sus hojas.

Cuando son muchas las jirafas que se están alimentando de las acacias de una región, de golpe pasa algo que hace que las jirafas dejen lo que están haciendo y se movilicen varios kilómetros para continuar su almuerzo en otro lado. Como si los arboles hubieran gritado “basta, che, que me vas a dejar pelado!”.

Lo que entonces no me contaron, pero lo sé ahora, es que los árboles ciertamente se confabulan para evitar que todas sus hojas desaparezcan en las bocas de las jirafas (no olvidemos que los arboles necesitan sus hojas para la fotosíntesis, es decir, para sobrevivir). Primero es uno de ellos, que detecta que hay más jirafas de lo habitual. Entonces emite un gas, que es captado por los arboles cercanos como un aviso de “cuidado! ¡nos están dejando sin hojas!”. Alertados, los arboles cercanos empiezan a generar una sustancia que hace a las hojas más amargas, algo que no le gusta nada a las jirafas, y hace que se retiren a otras acacias lejanas.

Es decir: los árboles se comunican entre sí.

Caramba, ¿no era esta una cualidad que estaba reservada a los “seres conscientes”? El paradigma cambia, muchachos, y es buena idea que estemos preparados para una visión distinta de realidad de lo que nos han enseñado.

CÓMO SE COMUNICAN LOS ARBOLES

Lo mismo que pasa en África pasa en la plaza de tu barrio: los árboles se comunican. Siempre hemos sabido que utilizan los colores y aromas como forma de enviar mensajes. La única razón por la que árboles y plantas tienen flores vistosas y de atractivo aroma es para atraer a ellas a los polinizadores y así asegurarse la reproducción. Un mensaje de seducción, claramente. Pero esto no es todo.

Los olmos y los pinos, por ejemplo, son intensos cuando se trata de defenderse de los animales. Cuando se dan cuenta que una oruga está por devorar una de sus hojas, emiten una feromona que atrae a una especie de avispa que parasita orugas, y de esa manera la incapacita para seguir comiendo. ¿Cómo se dan cuenta que la oruga está en sus hojas? Porque estos árboles sienten el sabor de la saliva de la oruga al arrastrarse. Tienen sentido del gusto.

El caso más extraordinario de comunicación entre árboles se da en los bosques, donde siempre se creyó que predominaba la competencia: los arboles altos reciben más sol y tienen mejores posibilidades de hacer fotosíntesis que los más pequeños –en general más jóvenes o débiles– que están allá abajo, lejos del cielo. Pero lo que sucede y voy a contarte a continuación es mucho más extraordinario que la feroz lucha por la supervivencia. Es inspirador.

LOS ÁRBOLES SE AYUDAN MUTUAMENTE

En el sustrato de los bosques, donde los arboles hunden sus raíces, existe una red delicada de hongos. A través de esos hongos (micorriza es el término adecuado), los arboles con mejores condiciones –aquellos que reciben más luz solar- comparten nutrientes con aquellos desafortunados que no gozan de los mismos beneficios, por estar más bajitos con respecto al sol. Los arboles más maduros facilitan el alimento a los más necesitados, manteniéndolos sanos y fuertes. Una auténtica red de solidaridad social.

Pero, por otro lado, a través de esa red viajan señales eléctricas de un árbol a otro. ¿Qué conducen esas señales? Información. Más que nada avisos de alerta por la presencia de predadores o situaciones críticas, como incendios. Los árboles que reciben la señal de estrés optan entonces por mecanismos de defensa, como levantar las barreras químicas que disgusten a los predadores o compartir sus últimos recursos con los árboles que puedan sobrevivir, si la cosa está muy brava.

Los estudios muestran también que los arboles reaccionan a ciertas frecuencias de sonidos que otros árboles generan, es decir que de alguna manera, también oyen. Lo interesante es que –si bien los científicos han identificado las frecuencias sonoras que corresponden a situaciones de crisis ambiental que los arboles intercambian para sonar la alarma– también hay momentos donde esos “sonidos” vibran en otras frecuencias y nada alarmante está sucediendo. ¿De qué hablan los arboles cuando nada los amenaza, cuando la tarde transcurre en paz? ¿Contarán la historia de ese bosque, como dicen los maestros de las culturas ancestrales? ¿Contarán anécdotas de orugas y avispas? ¿Estarán cantando?

Lo más hermoso de todo esto es que estos descubrimientos están siendo generados por profesionales como Peter Wohlleben, Monica Gagliano, Suzanne Simard, trabajando en el corazón de la ciencia más rigurosa. No es propaganda New Age ni delirios de un gurú mediático. No tenemos mas excusas para empezar a considerar de una manera más respetuosa nuestra relación con otras formas de vida.

LA SABIDURÍA ANCESTRAL NO ES SOLO POESÍA

Poéticamente, los maestros de las culturas ancestrales han venido diciéndonos esto desde siempre. Los árboles, son reverenciados como antiguos maestros por aquellos que aun preservan las tradiciones y filosofías espirituales antiguas. Se dice que guardan la memoria de un lugar, que conservan la energía de los espacios naturales, que cuidan a todos los seres vivos que allí habitan.

De hecho, por los estudios que comenté antes, esto es absolutamente así.

Recuerdo que en una formación que hice en sabiduría ancestral nativo americana se me enseñó a buscar el árbol más grande de un área y conectar con él con respeto y humildad, teniendo en cuenta que es el “árbol abuelo” de ese lugar, el encargado de nutrir y preservar a todos los demás.

Sabiendo lo que sabemos hoy sobre la red de micorrizas y como los arboles mayores ayudan a los jóvenes, no quedan dudas de que el conocimiento ancestral estaba en lo cierto, solo que nuestras mentecitas cartesianas no permitían que lo viéramos.

Todos los días de mi vida me despierto preguntándome: ¿Cuánto más conocimiento estaremos ignorando hoy, que mañana la ciencia “revelará” con estrepitosa publicidad? ¿No sería buena idea ir ganando tiempo y darle una oportunidad a la sabiduría ancestral para que nos muestre el camino? No se trata de creer ciegamente. Se trata de permitirnos poner en duda la dolorosa cosificación que hemos ejercido sobre la Naturaleza.

¿Árboles que se comunican entre sí? Por supuesto.

¿Podemos comunicarnos nosotros con ellos? ¿Por qué no?

LA PRÓXIMA VEZ QUE ESTÉS JUNTO A UN ÁRBOL, CONVERSA CON ÉL

Tócalo, huélelo, emite sonidos (los escuchará), comparte algún aroma con él (es su lenguaje favorito), abrázalo.Sí, abrazarlo sirve: tu corazón emite señales eléctricas también, al igual que las raíces y micorriza del sustrato. Siente la experiencia con libertad. Entrégale algo que le haga bien, aunque solo sea agua. Quédate un ratito cerca. Abre tu conciencia a la posibilidad de recibir sus mensajes. No esperes que la mente haga esto (no sabrá decodificar), pero sí tu cuerpo, que también es vegetal y animal. Entre seres orgánicos nos entendemos, ¿verdad?

Los árboles, no son –como nos enseñaron- cosas que están ahí, pasivamente, recibiendo nuestra tijera de podar o nuestra hacha. Son seres que sienten, se comunican entre ellos y con otras especies –con sabores, colores, aromas, señales eléctricas-, se ayudan mutuamente y tantas cosas más que aún no hemos descubierto.

Los arboles están alerta, escuchan, son seres sociales, tienen refinados sistemas de comunicación. ¿Qué más falta revelar para decir que tienen conciencia?

Y esto –que nuestros ancestros, por supuesto, ya sabían- nos lo está diciendo la ciencia, que ahora puede demostrar con los aparatos lo que los chamanes descubrían con su atención entrenada.

Por lo tanto, cuando veas a alguien abrazar a un árbol, ya no es de escéptico reírse. Es de desinformado.

Flavia Carrión

http://instagram.com/flavia_carrion_escribe

Publicado originalmente en: https://regiamag.com/abrazar-a-un-arbol-ya-no-es-un-asunto-new-age/

Mensaje para personas sensibles

Es cierto. La vida no es justa.

Los buenos no reciben premios por ser buenos. Los malos no siempre reciben el castigo por ser malos.

En la vida suceden cosas horrendas junto a las maravillosas, en un vaivén que parece azaroso. Da la sensación de que la existencia es la creación de un ser que juega con nosotros.

Sin embargo, vale la pena estar aquí. Por muchas razones.

Yo tengo las mías, tu tendrás que encontrar las tuyas.

Pero hay algo que puedo afirmar con total convicción: aquello que sientes dentro de ti, aquello que a veces te colma y a veces te quema; eso, es formidable. Es una experiencia extraordinariamente misteriosa, que algunos buscan desarrollar infructuosamente, mientras que tu la traes naturalmente.

Se llama sensibilidad y si no la exploras jamas conocerás todo lo que puede brindar.

La vida no es justa, es cierto, pero tu existencia puede ser radiante.

Comparte tu poesía con el mundo y seguramente descubrirás que existe otra manera de vivir; seguramente una manera distinta a la que nadie imaginó, porque tu eres el artista inspirado.

Tu puedes ver belleza en un tacho de basura y escuchar música en el ruido de la pava cuando calientas agua.

Tu generas la luz a partir del caos.

Conviértete en comunicador de lo sublime.

La vida no es justa, es cierto, pero es hermosa.

Y tu estas aquí no solo para saberlo, sino para transmitirlo.

( fragmento del libro de Flavia Carrion , “¡FUERA DE MI CABEZA!, una guía para liberarnos del Parásito Mental”. Editorial Autores de Argentina, 2015)